La célebre definición de democracia de Abraham Lincoln "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" se corresponde bien poco con la experiencia de los ciudadanos en el mundo contemporáneo, inclusive en las democracias más consolidadas perciben que su periódico acto de votación tiene muy poco que ver con cualquier forma de autogobierno colectivo, toda vez que la decisiones básicas están lejos de quedar bajo su control. Con estas afirmaciones inician Félix Ovejero, José Luis Martí y Roberto Gargarella su excelente estudio a la obra compilatoria Nuevas ideas republicanas, autogobierno y libertad, que bajo el sello de Paidós presenta ensayos de los que consideran son los más representativos exponentes de las ideas que animan al moderno republicanismo en la filosofía política contemporánea: Michael Sandel, Quentin Skinner, Philip Pettit, Cass R. Sunstein, Jurgen Habermas, Will Kymlicka, Alan Patten y Anne Phillips. Todos ellos dearrollan sus ideas sobre la crítica a lo que podríamos llamar concepciones "restringidas" de la libertad, la ciudadanía y de la propia democracia como sistema político.La "tradición republicana", nos informa Robert A. Dahl (La democracia y sus críticos, Paidós), se basa en Aristóteles y ha sido conformada por las experiencias de la Roma republicana y de la República de Venecia, sujeta a interpretaciones diversas a fines del Renacimiento por Guicciardini y Maquiavelo y reformulada y reinterpretada en Inglaterra y Estados Unidos en los siglos XVII y XVIII. Aunque esta tradición se apartó del pensamiento democrático griego comparte con él algunos de sus supuestos: 1) el hombre es por naturaleza social y político; 2) los seres humanos deben convivir en una asociación política para realizar sus potencialidades, 3) un hombre bueno debe ser también un buen ciudadano; 4) un buen sistema político requiere buenos ciudadanos; 5) un buen ciudadano es aquél que posee el atributo de la virtud cívica; 6) la virtud es la predisposición a procurar el bien de todos en los asuntos públicos, y 7) un buen sistema político no sólo refleja la virtud de sus integrantes sino que la promueve.
En congruencia con lo expuesto, Ovejero, Marti y Gargarella denuncian que muchos de los ámbitos en donde las gentes desarrollan buena parte de su vida social están sometidos a relaciones de autoridad que abarcan aspectos fundamentales de su existencia y en cuya determinación no sólo no participan, sino que les son impuestas. De esta manera poblaciones enteras pueden ver cómo sus condiciones de vida cambian de la nocha a la mañana no como resultado de sus decisiones, de sus esfuerzos o de sus errores, sino de flujos financieros o de poderosas voluntades especuladoras. Bajo esta influencia las propias instituciones políticas no actúan en respuesta a las demandas de sus ciudadanos, sino tratando de suministrar a los mercados "buenas señales".
Esto se acompaña de lo que llaman una esclerotización de los mecanismos de participación y debate, apatía política de los ciudadanos, quiebra de las condiciones de cohesión (desigualdad y carencia de condiciones minimas de bienestar), corrupción y mercado de favores, privatización de la vida política, filtros económicos que limitan el acceso a la arena política.
Bajo la concepción del republicanismo la libertad no es sólo ausencia de coerción, sino también ausencia de dependencia. De esta forma se afirma que no toda interferencia en el ámbito privado es injustificada, estará justificada si es justa. La libertad tiene que ver con el autogobierno, con la capacidad de la comunidad para tomar el control de su propio destino, por lo que se debe superar la idea de un estado neutral, ascéptico, para reemplazarla por la idea de un estado activo en materia moral.
En este orden de ideas la ciudadanía es una condición que no se agota al proporcionar a los individuos derechos vinculados a la libertad, sino que también le exige asumir determinados deberes, más allá del mero respeto a los demás. El ciudadano ha de asumir un compromiso en relación con los intereses fundamentales de la sociedad, para lo que es indispensable activar aquellas energías que resultan básicas para el debate democrático.
La visión liberal de la democracia entiendería a ésta como una lucha entre diferentes grupos que compiten entre sí por ganarse el favor de los individuos en las contiendas electorales y, para dicho fin, tratan de presentarse ante los electores como opciones atractivas, acomodando sus programas y propuestas a los intereses que busquen captar. Bajo esta manera de entender la democracia los ciudadanos actuan como "consumidores" pasivos y orientan sus votos únicamente a las opciones que les aseguran la defensa de sus intereses, escogiendo entre las distintas "ofertas" políticas de modo parecido a como escogen entre distintos productos en el mercado. Si las personas quieren obtener el poder, deben proporcionar ofertas electorales que atraigan el mayor número de votos posibles. Los ciudadanos agotan su actividad política en el acto de votar.
En contraste, para el republicanismo es trascendental el mantenimiento de la estructura que hace posible tanto la libertad individual como la libertad colectiva. Una sociedad democrática debe asegurarse de que se dan las condiciones para separar las buenas preferencias de las malas o para corregir estas últimas. La democracia, en un sentido fuerte, significaría un sistema político en que la ciudadanía participa activamente, en donde el gobierno no queda en la mano de unos pocos, de una aristocracia elegida. Los debates colectivos vienen a ejercer un efecto positivo sobre la cultura común, en la medida en que se vaya asentando la práctica de adoptar sólo aquellas decisiones que encuentran respaldo en razones públicamente aceptables.






