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miércoles, febrero 02, 2011

El artificio de las palabras

Las palabras pretenden informarnos, emocionar, dirigirnos, embrujar, son el conducto por el que circulan nuestro amor e ira, nuestro conocimiento y superchería, nuestra política, religión y poesía. A veces son indignas, desbordadas por el sentimiento e intelecto, por lo que habrá que amoldarlas a golpes para forzarlas a la utilidad, otras  veces nos veremos obligados, cual Ulises ante las sirenas, a buscar la manera de darles la vuelta para no caer hechizados ante sus cantos de perversidad, finalmente las palabras son  rameras que se prestan a las fantasías y espejismos de cualquiera que las posee.

No nos dejemos encantar por ellas, porque las palabras muchas veces son quimeras, que no reflejan lo que es ni lo que pensamos, sino lo que los demás quieren que sea, una mera ofuscación. Su fascinación puede provocar o detener una guerra, atizar o apagar el fuego de una revolución, al convertirlas en justicia emancipadora o en anarquía, pecado y devastación. Sirven para liberar lo mismo que para esclavizar, felices de ser toqueteadas por los dedos caprichosos del flautista seductor. Habrá entonces que cogerlas del rabo, para que chillen, como aconseja Octavio Paz, azotarlas, atosigarlas, hasta hacer que hablen con la verdad.

Este esfuerzo al que nos apremia el poeta es el que pide, ¡exige!, Mona Eltahawy, periodista e insurgente egipcia, ubicada en medio de la historia: "I urge you to use the words 'revolt' and 'uprising' and 'revolution' and not 'chaos' and not 'unrest, we are talking about a historic moment... Egyptians want to fix Egypt, they don't want to destroy Egypt." Mientras lo dice, la cadena televisiva gubernamental difunde imágenes de daños en El Cairo acompañadas de una palabra, aparentemente descriptiva pero, en el fondo, hobbesianamente incitadora: ¡Caos!

viernes, junio 11, 2010

Filosofando sobre futbol con Borges

La copa mundial de futbol inicia el día de hoy, lo que nos hace recordar una famosa frase de Jorge Luis Borges al respecto: el fútbol "es popular porque la estupidez es popular". Bueno, envuelto en este denso manto de estupidez que desde Sudáfrica cubre al mundo pienso que tiene cierta razón al sugerir que hay cosas populares cuya adherencia por parte de los adherentes parece no obedecer a razonamientos profundos o a miríficos sentimientos, no obstante, su manía le impidió admitir que no todo lo popular es estúpido, los poemas y cuentos de Borges, para empezar, lo que ha dado licencia para que se le "perdonen" una larga serie de estropicios ideológicos. Para corroborar la opinión que le merecía el fútbol basta el recuento de una anécdota: en Buenos Aires, el mismo día y a la misma hora en que la selección argentina debutaba, en la propia capital, en el campeonato mundial de 1978, ¡impartió una conferencia sobre el tema de la inmortalidad! Pero, ¿qué es lo que en verdad hostiga al autor de El Aleph, si es que sus frases despectivas con respecto al futbol son algo más que un mero alarde de excentricidad? Sugiero que se trata de dos cosas: la saña innecesaria de los vencedores y el fanatismo que conduce al nacionalismo exhacerbado y a la irracionalidad política. Veamos porqué.

miércoles, febrero 10, 2010

La prisa y el tiempo


Es común, para algunos casi una compulsión, el observar continuamente el reloj. Pareciera que los artefactos concebidos como accesorios medidores de tiempo se han adueñado de nosotros exigiéndonos pleitesía, la cual, de manera inconsciente, les proporcionamos. Pensemos en nuestro nunca bien querido reloj despertador o en las alarmas de los teléfonos celulares, ¡ja!, entre todas las palabras posibles: ¡alarmas!

¿Quién tiene prisa y porqué? si en medio de la psicosis nos diéramos una pausa para responder esta pregunta creo que concluiríamos que las causas de nuestras prisas, en la generalidad de los casos, no son propias y que tienen explicación en la desorganización de alguien o de algunos y, paradójicamente, también en la estandarización de las actividades humanas. Al ser presionados para cumplir en cierto tiempo alguna función formamos parte de un proceso; si hubieran autómatas que pudieran hacer lo que se nos solicita nos desplazarían por obsolecencia, originada precisamente ¡en las características que nos distinguen como seres humanos! La productividad no debería estar reñida con la salud y la alegría de vivir de las personas.

Otra paradoja: la ciencia está tratando de desarrollar varias clases de robots que, al menos exteriormente, puedan manifestar reacciones sentimentales, sin embargo, en nuestras ciudades se desarrolla de manera imperceptible una tendencia inversa por la cual cada vez más personas actúan como robots y sin necesidad de científico alguno que los programe. Tensos, fríos, aburridos y creo que, cuando abren alguna puerta a su interior, tristes. Al estar con ellos no tenemos nada de qué platicar que no sea su trabajo u otras cosas rutinarias. Se han habituado a sustituir la felicidad por la satisfacción proveniente de recibir de otro autómata algún tipo de aprobación y de riqueza condicionada, en un esquema que sólo valora a los demás por resultados que alimentan maquinarias más grandes.

Al final del camino nos encontraremos ante la necesidad irracional, anárquica, de "satisfacer algún interés insaciable". No me queda claro a quién se podría atribuir ser el cerebro o inteligencia rectora de esta situación, en caso de que lo hubiera, pero al menos todos somos culpables de complicidad si no hacemos nada al respecto. Por ello me adhiero a la idea de que más que asuntos urgentes existen tontos con prisa, así que disfrutaré tranquilamente de mi copa de vino y si en la oficina se inquietan por mi ausencia pues lo siento mucho. Como dice Robert Lamm: "does anybody really know what time it is?, does anybody really care?

viernes, enero 22, 2010

La edad


Edad es una palabra que alude al tiempo de vida que llevamos en la tierra. Se trata de un dato de medida, de un registro que usamos por costumbre. Algún día a alguien se le ocurrió que midiéramos el tiempo tomando como referencia el movimiento de los astros en relación a nuestro planeta, por lo que, desde entonces, somos hijos y siervos de un ciclo sideral.

Cada especie tiene su lapso de subsistencia, hemos podido prolongar el nuestro en alguna medida pero aún no tanto como quisiéramos. Existen seres cuyo período de vida es menor al nuestro, no obstante, comparados con las tortugas gigantes, los cisnes o las guacamayas nuestro paso por la tierra es breve. Si algún día tuviéramos acceso a la inmortalidad seguramente se nos pediría morir de manera voluntaria después de cumplir nuestra licencia de vida, como un juego en un parque de diversiones, a menos que la humanidad pueda extenderse a otros planetas y hubiera superado el egoísmo para pactar una mejor distribución de recursos.

Al nacer iniciamos nuestro inexorable camino a la decrepitud y la decadencia, para finalmente morir por el desgaste de fuerzas. ¿Estaré a la mitad de la vida como Dante al iniciar su célebre recorrido por el mundo subterráneo? Sí, me considero a la mitad de la vida y muy jovial por cierto. No obstante, ya hay muestras del irrefrenable avance de Cronos en nuestra armazón corporal:
  • el vigor y la resistencia física han disminuido, las articulaciones reclaman cuando antes eran discretas, la espalda sugiere no acometer brusquedades, las rodillas piden prudencia al bajar y subir escaleras.
  • al erguirnos tenemos que recurrir al auxilio de algún apoyo cuando antes el solo vigor de nuestras piernas nos levantaba.
  • las canas, siempre inoportunas, llaman la atención sobre la antigüedad de nuestra estancia terrenal y para leer requerimos ahora de lentes especiales.
  • el cuerpo pide dormir más disciplinadamente y al hacerlo, nos levantamos de la cama con dolores en los hombros y en el cuello que antes no se presentaban.
  • se acusa una cierta descoordinación entre la mente y los músculos al emprender tareas conjuntas, lo que la mente desea no siempre puede acometer el cuerpo.
En fin, cual reliquias vivientes, somos testigos frente al espejo de cómo la arena de nuestro reloj biológico pasa lenta pero implacablemente de un hemisferio a otro. Si todos estos síntomas se dan ¿por qué será que varios parecemos conservar siempre el alma de niños? quizá porque no siempre quien tiene más vida vive más, ¿quién tiene más urgencia por vivir, un adolecente ansioso por comerse el mundo a puños o un anciano que se levanta temprano para extraer hasta la última gota a su existencia? Percatándonos de la finitud de la era propia, quizá es momento de dejar evidencia de nuestro paso por el planeta, de planear lo que queda, de materializar ideas y propósitos siempre pospuestos. Un corte de caja de media vida nunca le vino mal a nadie. Tenemos que gozar plenamente lo que nos resta y prepararnos dignamente para la muerte.

viernes, agosto 14, 2009

Al inicio


Así que ésto es un blog, en nuestro caso "el blog de Machiavelli". ¿Porqué las personas tendrán la necesidad de crear uno? Quizá para satisfacer una impulsiva curiosidad por intervenir en esa, aún para muchos esotérica dimensión, que es el ciberespacio; tal vez para atender un incesante apremio de dialogar con uno mismo, como cuando se conversa con el reflejo proveniente de un arroyo o frente al espejo; a lo mejor para satisfacer un fervor narcisista que nos motiva a dejar evidencia a la posteridad de las ideas y pensamientos propios; probablemente para desahogarnos al dirigir un grito de soledad al universo; pudiera ser que sólo por la aventura y morbosidad de relacionarnos aunque sea con "desconocidos".

Independientemente de cual sea la aleación perfecta de todas las anteriores motivaciones para solucionar la cuestión con exactitud, considero que se trata de un diario o bitácora de la introspección, de un apacible muro de las reflexiones, pariente virtual lejano del más acuciante y material muro de las lamentaciones. Tomando palabras prestadas de Montaigne, podría tratarse de "... una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad."

Al hacerlo, no puedo dejar de afligirme por los escritores y momentos memorables para la literatura y la filosofía disipados por el hecho de que esta posibilidad sea un privilegio apenas en nuestros días. ¿Qué hubiera escrito en un blog Nicolás Maquiavelo por las noches, después de
dialogar con los clásicos griegos y latinos, ataviado con sus mejores prendas?, ¿qué pudo haber plasmado Sócrates, si al realizar su labor permanente de tábano moral de la sociedad ateniense hubiera dejado de lado la fobia a la palabra escrita que Platón le atribuye?, ¿cómo serían las notas clandestinas legadas por Juana de Asbaje a la posteridad, al resguardo de los ojos de la inquisición?, ¡con cuánto suspenso y pesadillas adicionales nos habría inquietado Edgar Allan Poe!, ¡qué de fantasías hubiera imaginado recurriendo a este laberinto eterno de bits, auténtica biblioteca interminable de libros de arena, Jorge Luis Borges!

Habría que llorar también por las creaciones de cuya existencia pretérita sabemos pero que desdichadamente no tuvieron un medio apropiado para su preservación y duplicación, como las obras de Protágoras de Abdera, quemadas en la plaza pública de Atenas por atreverse demasiado con los dioses, la grandiosa Biblioteca de Alejandría, que cedería a las llamas de la intolerancia religiosa o, más recientemente, los escritos reducidos a cenizas de Aldous Huxley al arder en llamas su biblioteca.

Así que, a diferencia, aunque con muchos menos merecimientos, que todos ellos, reconozcamos lo venturosos que somos por tener en nuestras manos esta maravillosa tecnología e impregnémosla de humanismo, inteligencia y bondad, para que muchos siglos después de los nuestros, si alguien o algunos necesitaran tener noticias de nuestras sociedades, sepan que en ellas existían personas dignas de ser sus antecesores.

Todo inicio tiene un fin, por lo que respecto a su destino considero que un blog puede entenderse como algo semejante a un puñado de semillas cuya germinación y frutos no podemos vaticinar y que, sin embargo, esperamos con fruición; como una sonda que bajo un manto de incertidumbre hundimos en el mar pero con la ilusión de que nos revele el hallazgo de algún arcano tesoro.